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Segovia se hace camino al andar
Vivencias de un caminante madrileño recorriendo los lugares más emblemáticos de la provincia de Segovia
lunes 30 de mayo de 2011
martes 29 de septiembre de 2009
martes 22 de septiembre de 2009
Pecharromán: iglesia románica de San Andrés
Dentro del románico cercano a Fuentidueña, la pequeña población segoviana de Pecharromán ofrece, en los detalles tanto exteriores como interiores de su iglesia de San Andrés, elementos de variada temática e interés. Algunos, como el gallo que adorna el capitel de la fotografía, símbolo solar, alusivo, por defecto, a la figura de San Juan Bautista, recuerda, en su ejecución, aquél otro que se encuentra en la galería tapiada de la iglesia de San Juan Bautista Degollado, situada en el despoblado soriano de Arganza y podría indicar, hipotéticamente hablando, por supuesto, un posible camino seguido por el cantero o la escuela cantera que la labró.
lunes 21 de septiembre de 2009
Tragedias paralelas: San Martín de Fuentidueña versus San Baudelio de Berlanga
viernes 4 de septiembre de 2009
domingo 30 de agosto de 2009
Fuentidueña
Todavía hay suficiente luz cuando, finalizada nuestra inolvidable visita a ese rincón tan especial de las Hoces del río Duratón, donde se ubican las memorables ruinas del que otrora constituyera un importante cenobio religioso -el monasterio de la Virgen de los Ángeles de la Hoz- arribamos a este pequeño pueblecito, cuya antigua, longeva historia, estamos a punto de saborear, una vez convenientemente instalados en la posada rural Palacio de los Condes.
En realidad, y en cuanto a estos retazos históricos se refiere, enseguida nos percatamos de que muchos de ellos se encuentran desperdigados entre gran número de hogares actuales, ajenos por completo a su lugar original de emplazamiento y su primitiva función, detalle que, hasta cierto punto, me trae a la memoria los expolios sufridos -por poner un ejemplo, de lo que se podría denominar como síndrome de adquisición indebida- por el yacimiento soriano de Tiermes, y la fama de manos largas de los habitantes de algunos pueblos de alrededor, como sería el caso de Carrascosa de Arriba.
Este coleccionismo a ultranza, casero y sobre todo dañino para el Patrimonio y una mejor comprensión de nuestra Historia, sobre el que se deberían de tomar, en mi opinión, las oportunas medidas, dificulta, en grado sumo, el estudio y las labores de conservación de numerosos elementos del pasado que, a juzgar por las huellas aquí presentes, debió de ser importante y considerablemente rico.
No obstante, y en descargo de los habitantes de este hermoso pueblecito enclavado en la ladera norte de la ribera del Duratón, que aún conserva varios elementos que le otorgan un genuino sabor medieval, he de añadir, también, que incluso el Estado, en una maniobra muy poco popular e indigna, contribuyó, allá por el año 1957, a privar no sólo al pueblo, sino al resto de la nación, de uno de los elementos más importantes de su patrimonio autóctono: el ábside de la iglesia románica de San Martín, que se intercambió por varias de las pinturas originales de la ermita mozárabe de San Baudelio de Berlanga (Soria), en la actualidad expuestas en el Museo del Prado de Madrid.
miércoles 26 de agosto de 2009
Hoces del Río Duratón y ruinas del Monasterio de Nª Sª de los Ángeles de la Hoz
Según reza un cartel situado en las proximidades, el origen del monasterio de la Virgen de los Ángeles de la Hoz, se pierde en la noche de los tiempos, aunque especifica, no obstante, que al parecer, en el siglo VIII, ya existía en el lugar un pequeño eremitorio, en el que también se veneraba la figura de otro santo de especial advocación: San Pantaleón de la Hoz.
Si hemos de juzgar sólo por la impresión que supone estar en ésta otra parte de lo que en tiempos se denominaba como el desierto del Duratón, podemos intuir, quizás, haciendo un prodigioso alarde de imaginación, lo que supondría, en un lugar de tales características, una aparición de la Santa Virgen.
Ocurrió, según las crónicas, en el año 1231, aunque éstas no especifican ese plumazo romántico que supone saber si esa tarde, en la que el humilde pastorcillo deambulaba por el lugar en compañía de su rebaño de ovejas, los rayos del sol se desparramaban por las laderas de los impresionantes farallones, dotando, de paso, con escamas de oro y grana la superficie de unas aguas teñidas con el color azul del cielo unas veces y con el verde marino, otras.
Resulta evidente que los buitres no sean los mismos que en la actualidad impresionan al visitante con sus mayestáticas, elegantes evoluciones, aunque sí parientes de aquéllos otros, que acaso una vez fueron confundidos con ángeles. Pudiera ser que, en el fondo, no sean, si no, ángeles convertidos en buitres por un encantamiento, estos que planean por encima de unas ruinas que en tiempos recibieron majestuosas, insignes visitas; como la de aquél rey, en cuyo imperio nunca se ponía el sol, y bajo cuyo mandato la Marina española sufrió el mayor revés de toda su historia, dejando, en el futuro, de ser orgullosamente invencible.
Siendo España un país pródigo en apariciones marianas, resulta evocador, no obstante, el interés de un rey -Felipe II, de quien la Historia nos cuenta que gustaba rodearse de magos y astrólogos, proyectando el Monasterio de San Lorenzo de El Escorial con una esotérica idiosincracia- por un lugar generoso en milagros y prodigios. Ta vez ahí radique que, en el fondo, magia y naturaleza sean capaces de fundirse en un íntimo, alquímico abrazo, para conseguir deslumbrar a un visitante que, al poco de deambular por las parameras adyacentes a los farallones que conforman la tradicional cuchillada de San Frutos, comienza a creer en la posibilidad real de los sortilegios.
La brisa, que tienta los sentidos con fragancias a jara y a tomillo, parece susurrar en los oídos, levantándose desde el fondo mismo de los barrancos, acariciando unas ruinas que, varadas eternamente a la orilla del río, languidecen esperando un nuevo amanecer.
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