miércoles, 18 de enero de 2017

La iglesia de San Miguel de Languilla


Si desde Maderuelo volviésemos otra vez a Ayllón, siguiendo esa sufrida y curvilínea carreterilla –generalmente atestada de ciclistas, que suelen brotar como hongos, sobre todo los fines de semana, haya o no llovido y a continuación salido el sol-, y no nos induce la curiosidad, al acercarnos al pueblo de Languilla y ver la torre de su iglesia en la distancia, de detenernos y echar un vistazo –más que nada, por no continuar camino con ese siniestro estribillo dubitativo del que sí que, que no que zumbándonos en los oídos-, perderemos la ocasión de apreciar, cuando menos, dos elementos que han de conmover, en mayor o menor medida, nuestra sensibilidad artística: una notable portada románica y un singular retablo gótico. La iglesia, levantada, según parece, ad maioren gloriam de ese Anubis judeo-cristiano, guerrero, juez y parte y honoríficamente nacido arcángel, dada su naturaleza y condición y de nombre Miguel –tú lo vales o quién como Dios, aunque antes que él, también tuvo Apolo unas credenciales similares, incluida la serpiente con la que sacar punta al alfiler-, no recuerda, en la actualidad, para nada, esa preciosa conjunción de habilidad, geometría, equilibrio y mesura –entre otras-, con la que los canteros medievales hacían cantar a la piedra al ritmo de maza y compás, de igual manera a como los pastores de Andalucía lo hacían, y continúan haciéndolo, con la flauta y el tamboril, mientras los corderos trotan felices al son de las campanillas que cuelgan de sus inmaculados pescuezos. De hecho, uno se pregunta, viendo ese cubo de Rubik, en el que se ha convertido su ábside o cabecera, si los canteros que decidieron cruzar el Rubicón –ea, alea jacta est- y asentarse en la orilla de aguas estancadas de ese barroco revenido –tal y como hicieron los israelitas con el becerro de oro, mientras Moisés se recuperaba del viaje de peyote en la cima del monte Horeb-, en qué momento y por qué desafortunadas circunstancias, el Arte se travistió en simple Albañilería, quedando atrapados maestros, oficiales y aprendices en un intento, definitivamente chapucero, de llegar a conseguir la cuadratura del círculo.

Cuadraturas o círculos aparte, pena da ver que ni siquiera se respetó la galería de un templo que, a juzgar por sus características y por la portada sobreviviente, a la que hacíamos referencia, debió de ser verdaderamente espectacular. Tampoco sirve de nada lamentarse y dejando a un lado ese resto de genuina galería porticada venida a menos por el siroco del gusto, o el mal gusto y la moda, mejor será acercarnos a la portada y deleitarnos, en la medida de lo posible, con ese pequeño conjunto de arquetipos con el que se pretendía, entre otras cosas, evangelizar a un pueblo tradicionalmente analfabeto. Cuentan esos pequeños versículos que son sus capiteles historiados, relatos que aún ungidos por una literalidad, en algunos casos, no sólo increíble sino también genuinamente infantil, nos remontan a episodios más o menos conocidos. En parte de ellos, quizás siguiendo la línea iniciada, por ejemplo, en aquella entrañable reliquia que es San Martiño de Mondoñedo, considerada como la primera catedral de Galicia, el anónimo cantero nos describe, no esa tradicional Última Cena –donde, según la interpretación de canteros y lugares, el número de comensales oscila como el péndulo de Foucault (1)-, sino aquélla otra, remedo de las bacanales romanas, donde ese vehículo de perdición llamado Salomé, obtiene como recompensa, una vez alborotado el corral masculino con su sensual baile, la cabeza de San Juan Bautista. En la escena no falta, desde luego, la presencia de ese tócamerroque, que es siempre el diablo, calentando todavía más los oídos de un rey Herodes –ya tenían experiencia el uno con el otro, tal y como así nos refiere también otro capitel historiado de la iglesia del monasterio soriano de San Juan de Duero, en relación a la matanza de los inocentes- cuya pusilanimidad estaba ya de por sí puesta en evidencia de antemano, si recordando su condición de hombre y lo débil, en definitiva, que es la carne,  le añadimos aquél refrán que dice aquello de: cabra que tira al monte… 

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No faltan, tampoco, referencias –me pregunto, si quizás el cantero pecó aquí de exceso de moralismo o, en su defecto, de una acusada misoginia-, a ese otro eterno sentido de culpabilidad y espada de Damocles de la mujer, que es la historia de Adán y Eva. Punto. Junto a ellos, esas supuestas alusiones a los vicios y pecados, encarnadas por arpías y otros seres fantásticos y mitológicos, además de aves –juntan éstas sus cuellos, formando un corazón, motivo que se aprecia en otros templos del románico segoviano, como puede ser, el de Santa Marta del Cerro-, que sirven de cobertura a unas graciosas cabecitas que surgen de la floresta, representativas, en algún caso y por esos zarcillos que muestran en su boca, de los Green-men o hombres verdes de la antigua religión. Merece la pena, fijarse en el motivo ondulado de la arquivolta superior, que forma una especie de motivo ondulado o romboidal, que se aprecia también en la portada norte de la iglesia de San Pedro de Ávila. El retablo mayor, delicioso, si bien tuvo que ser restaurado a consecuencia de los daños sufridos en un incendio, muestra un tema que estuvo muy de presente en la mitología cristiana a partir del siglo IV: los milagros del arcángel San Miguel y su primera aparición en el Monte Gargano, guarida de una terrible serpiente o dragón, en cuyas entrañas –dígase esto a ojo de buen cubero-, debió de existir, probablemente en tiempos, un santuario pagano; tal vez, un símil en la línea de los misterios eleusinos y esa especie de terapia espiritual –largamente comentada por Platón y Parménides, entre otros-, o descenso ad ínferos: descenso a los infiernos.

Llama la atención, por último, la sustitución en elcalvario de la capilla adyacente, situado enfrente de una pila, románica también, de las denominadas de gajos por el diseño y forma de copa, de la típica figura del Evangelista por la del Bautista. La presencia de éste, aunque extraña, ya tuvo algún precedente, como nos comenta J.K. Huysmans en relación al famoso retablo de Isenheim, si bien allí aparecía esplendorosamente transfigurado, una vez pasado por el terrible trance de la muerte, cumplida su propia profecía. Aquella que decía: yo tengo que menguar, para que Él crezca.

miércoles, 11 de enero de 2017

Maderuelo


Hubo un tiempo, perdido en esos peculiares arroyos estancados de la Historia, en el que Maderuelo –me pregunto, si el nombre no tendrá una estrecha relación con esa espina sagrada que allá por los siglos XII o XIII, velaban los caballeros templarios en la ermita de la Vera Cruz-, perteneció a esa Soria pura cabeza de Extremadura, situado en la margen izquierda de esa hidra de siete cabezas que, comparativamente hablando, es la carretera general 110, que atravesando el corazón de Ayllón lleva al viajero audaz hacia el antiguo Castromoros o San Esteban de Gormaz o, en su defecto, lo desvía hacia Retortillo de Soria, Montejo y ese nido de águilas y serpientes, de mitos y fábulas, de herculanos y campeadores, que son los troglodíticos vestigios de Tiermes o Termancia. Claro que, también, a pocos kilómetros, poco más de media docena, le tienta a desembocar en ese otro pueblo, con fama de frío, de templario y también de cidiano por esa curiosa historia que se cuenta en relación al episodio de las hijas del Cid con los infantes de Carrión, que es Castillejo de Robledo, donde una vez dejado atrás y en otra media docena de kilómetros más allá de sus montes, el viajero andarín y curioso traspasa las lindes de una nueva comunidad, la burgalesa –ancha, que no poco lo es Castilla-, teniendo a mano lugares tan curiosos como Fuentespina –otra vez esa persistente espinita, que aunque se clave en el corazón, no es precisamente a la que le cantaba Albert Hammond-, población ésta, de la que parte una senda que conduce a la curiosa ermita del Padre Eterno, que a su vez comparte protagonismo con los vecinos de Estebanvela, población de la que dista, aproximadamente, tres kilómetros-, Fuentelcésped y Aranda de Duero, hablando de una comarca cuya Ribera –aquí hemos de utilizar, condición sine qua non, palabras mayores- tiene fama merecida de exportar un soma sagrado –conocido en la vulgata populatis como vino- que por regla general suele presentarse por sí mismo en el paladar como el abrazo fraternal de un viejo amigo.

Tiempo después de apagadas las hogueras de la Inquisición y llevadas por el viento las cenizas de los desafortunados caballeros templarios y posiblemente también las respuestas a las muchas preguntas que sobre ellos y su presencia dejaron, otros personajes, más o menos relacionados, dejaron también su impronta o cuando menos, aportaron su granito de arena, y por supuesto, su leyenda. Tal es el caso del condestable D. Álvaro de Luna, el mapa de cuyo tesoro, pretendidamente oculto en algún agujero milagrosamente oculto todavía –como esa misteriosa y ambigua tercera colina de Medinaceli, donde cuenta la leyenda que fue enterrado Almanzor, con un lujo parecido a la también inencontrable tumba de Alejandro, aunque últimamente sobre ésta, alguna campanilla suena- de este hermoso lugar, que todavía conserva buena parte de su atractivo medieval, las hordas de turistas creen intuir en los numerosos restos –en su mayoría, románicos, incluidas las numerosas laudas y estelas sepulcrales, donde sin necesidad del ojo del buen cubero, se vislumbra alguna que otra cruz paté, que no de foie-,  un imaginario mapa, cuya equis quizá se encuentre en el centro de ese accidente artificial –digno representante de esa desafortunada España de secano, donde las tormentas solían descargar siempre lejos-, que a punto estuvo de privar al mundo de la pequeña Capilla Sixtina, que en tiempos fue la primorosa ermita de la Vera Cruz: el pantano de Linares. Sin embargo, sí que hay un pequeño enigma en el ábside de la iglesia de Santa María: una pequeña hornacina –si a ese hueco cuadriculado se le puede denominar tal-, que contiene una cruz y una calavera de piedra con una inscripción que reza así: P.M.B. REQUESCANT IN PACE, AÑO DE 1865.

Es difícil no preguntarse, siquiera por acicatar –que no acicutar- con un poco más de pimienta el sentido de la aventura, si en el fondo, Maderuelo no ha de resultar, después de todo, un pequeño y enigmático Rennes-le-Chateau español.

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jueves, 22 de diciembre de 2016

El ex-convento franciscano de Ayllón


Aunque parcialmente arruinado y situado a las afueras de Ayllón, siendo no obstante visible desde esa carretera general que dejando a la derecha el desvío a Aranda de Duero continua hacia esos paraméricos valles anegados por las melancólicas aguas del pantano de Linares y la mediática naturaleza adyacente a ese medieval pueblecito de Maderuelo, el antiguo convento de San Francisco es otra caries de gigante –metafóricamente hablando-, que nos plantea, cuando menos, sorprendernos con una arquitectura muy particular, la franciscana, que en mayor o en menor grado de conservación, todavía mantiene enigmáticos elementos, dignos de admiración, como aquellos que se pueden apreciar allende los Caminos de peregrinación que confluyen en la brumosa Galicia. Un buen ejemplo de ello, serían el convento betanceiro de San Francisco, o la antigua iglesia conventual –actualmente, bajo la advocación de San Pedro y parcialmente reconvertida en museo-, situada en la capital lucense, a escasos metros de la Rua Nova y el casco histórico y en las proximidades de la catedral. Al contrario que los edificios anteriormente mencionados –quizá sea interesante y anecdótico precisar, que el convento betanceiro se construyó donde se supone que los templarios tenían una iglesia que formaba parte de las posesiones que permutaron en 1251 con el rey Alfonso X, por algunos territorios en Zamora-, la novedad, con respecto a estas venerables ruinas franciscanas de Ayllón, es que se supone –y al parecer, existió una antigua tradición que así lo aseguraba- que fue fundado por el propio Patriarca de la Orden, durante el viaje que realizó a España entre los años 1213 y 1215, denominándose por tal motivo a ésta santa casa –tal y como reza, cuando menos, la inscripción que se aprecia en la fachada principal, por encima de la hornacina en forma de concha (1), que alberga la imagen del santo titular-, como la Jerusalén de España. Actualmente, propiedad privada, conserva, parcialmente en buen estado –según rezan los carteles informativos-, la iglesia, que fue oportunamente consolidada y se asevera que bellamente ajardinada. Parte de lo que en su momento conformara un valioso patrimonio histórico-artístico, se repartió por algunos de los templos de Ayllón y de Riaza: como el Retablo Mayor y otro retablo importante que se localizaba en la capilla sur.

Dada su condición de edificio privado, no puedo afirmar si dentro de los elementos decorativos de la iglesia y tal y como se puede constatar en los templos franciscanos de Lugo y Betanzos, anteriormente reseñados, figuran dos símbolos de interesante trascendencia: la pentalfa o estrella renfam y el Sello de Salomón. Sí sobreviven, también en la fachada principal, algunas interesantes referencias a los cuatro Evangelistas. En este lugar, fueron enterrados personajes notables de la época, entre quienes figuraba Don Juan Pacheco de Luna, nieto de Don Álvaro de Luna, personaje singular, de algún modo arrimado al Temple y de cuyo tesoro, inencontrado, se refieren numerosas leyendas en el cercano pueblo de Maderuelo.

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(1) Barroca y similar, comparativamente hablando, al Nacimiento de Venus, de Bottichelli.

miércoles, 10 de agosto de 2016

La iglesia de San Miguel de Ayllón


Situada en plena Plaza Mayor, la iglesia de San Miguel, uno de los escasos ejemplos, más o menos sobrevivientes, de ese brillante arte bizantino que en el pasado dotó de importancia y esplendor a la antigua y señorial villa de Ayllón, aunque muy alterada en su estructura original, conserva, todavía, algunos detalles de interés, sobre los que centrar, siquiera de una manera breve, la atención. Si bien, su portada original está incompleta, al menos en cuanto a capiteles se refiere, aunque conserva dos de ellos; los motivos escultóricos que se observan en los arcosolios, conllevan un interesante simbolismo: nudos, motivos ondulantes, como las aguas primigenias o las aguas del bautismo, bolas, el ajedrezado del denominado tipo jaqués, flores de ocho pétalos, etc., siendo aves y leones afrontados los motivos que, más o menos alterados, completan la imaginería de los capiteles sobrevivientes. El ábside o cabecera, por otra parte, conserva también, en la escultura y temática de sus canecillos, parte de esos sugerentes arquetipos, que hicieron de este arte un compendio especial para la interpretación y un pequeño espejo, metafóricamente hablando, donde contemplar detalles antropológicos y hermenéuticos, que con paso firme o por el contrario renqueante, nos acercan, de cualquier manera a los modos de pensar, de vivir y de actuar de toda una época que, posiblemente hoy en día, se nos antoje, cuando menos, fascinante. Como las águilas que forman parte de los símbolos que acompañan a dos de los arcanos mayores de esa sublime enciclopedia psicológica que en el fondo son las cartas del Tarot, el Emperador y la Emperatriz, una de las esculturas de un pequeño capitel situado en uno de los ventanales del ábside, nos muestra un águila bicéfala, cuyas cabezas, como el primitivo símbolo de los peces utilizado por los primeros cristianos, miran hacia los polos y parecen querer llamar nuestra atención hacían dos aspectos o dos cuestiones muy concretas: lo temporal y lo espiritual.

De una y otra materia, probablemente, sea la esencia granítica que acompaña, algunos metros más arriba, a la variada serie de canecillos y temáticas: al mundo temporal, y no obstante, en su pensamiento y en su esfuerzo seguramente brillaba la idea de la perdurabilidad, un cantero nos muestra, pico en mano, el laborioso camino, no siempre grato, que ha de emprenderse hasta conseguir el pulido adecuado, en una moraleja donde la piedra, como el ser humano, ha de desprenderse de toda mácula hasta conseguir el estado ideal. Los músicos, ya sea solos o acompañados, nos conectan con ese mundo del inconsciente donde todavía habitan las musas y donde la Diosa continúa agazapada, tal vez protegida por ese centauro-sagitario que mantiene su arco dirigido hacia aquéllos milites que, una vez desprovistos de sus capas, se entregan al noble arte de la lucha, mientras entre unos y otros, los motivos foliáceos o vegetales nos invitan a contemplar la vida desde una perspectiva cíclica, donde muerte y renacimiento no dejan de ser, al fin y al cabo, diferentes caras de una misma moneda.

Esto, podría decirse que es, en resumidas cuentas, parte de esa ensoñación a la que nos invita la contemplación de este templo de San Miguel, no ajena, desde luego, a cualquier otra de su misma época y estilo.

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miércoles, 13 de julio de 2016

Cementerio viejo de Ayllón: portada de la ermita de San Nicolás


Ayllón, aunque indiscutiblemente monumental, no deja de ser, después de todo, ese cuerpo de toro sacrificado y desmembrado en aras de la fiesta arquitectónica nacional, cuyos valorables despojos, sin duda ya reliquias, se encuentran desperdigados por los cuatro puntos cardinales. Un buen ejemplo de ello, lo encontramos a las afueras de la ciudad, apenas unos insignificantes metros adentrados en esa carretera general que se dirige, entre otros lugares o destinos, a Aranda de Duero. Se trata de un elemento muy particular, antiguo y de gran belleza, que aproximadamente desde finales del siglo XIX, sirve como cancela de acceso al antiguo camposanto; pero que, allá por el siglo XII, constituía el orgulloso pórtico o uno de los orgullosos pórticos principales, de una de las numerosas ermitas románicas que circundaban la ciudad, y que hoy día son apenas un recuerdo poco menos que olvidado: la de San Nicolás.

Tétrica resulta, como bien advierte el cartel explicativo, la inscripción moderna -1871- que alegando aquello de Templo de la verdad es lo que ves: no desdeñes la voz que advierte que todo es ilusión, menos la muerte, que empotrada en la parte central superior del arco, demuestra insensibilidad hacia un arte, el románico, que posiblemente hayamos aprendido a valorar a menor celeridad con la que lo hemos ido reduciendo a cenizas. Excelente, sin embargo, debemos pensar que debió de ser en origen el trabajo escultórico, a juzgar por los huérfanos capiteles que, al menos en el caso del de la izquierda, según nos situamos enfrente de la portada, hace las funciones de hercúleo sustento para una cruz de piedra, mostrando como motivo dos fieros leones acorralando y devorando a un jabalí. Huérfano de cruz, por el contrario, los leones que mantienen unidas sus cabezas, contemplan irónicamente, desde el infinito inmutable de sus cuencas vacías, las cábalas, presumiblemente absurdas, de una generación que ha perdido, cuando menos en su conjunto, las claves que para las generaciones pretéritas constituyó el leit-motif de su cultura popular. En definitiva, como parece que nos esté indicando el rostro severo del canecillo que se localiza algunos centímetros por debajo, en el extremo opuesto de donde otro canecillo muestra lo que podría ser una pareja entregada a libidinosos arrumacos, la escuela del analfabeto: la Biblia de los pobres, como así lo describió Alberto Magno.

Lástima da ver tan poca cosa de lo que pudo tener tanta belleza, que es difícil no pensar en aquéllos herméticos versos de François Villon, cuyos cuartetos suspiraban por lo que había sido de las nieves de antaño.

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martes, 7 de junio de 2016

Revenga: ermita de Santa María del Soto


Aislada entre prados, sin otra compañía durante la mayor parte del año que las reses de ganado vacuno que pastan libremente a su alrededor y observan de reojo a los ocasionales vehículos que vienen o van hacia Revenga por la carretera general, una hermosa ermita románica, probablemente de finales del siglo XII y principios del siglo XIII, llama poderosamente la atención: Santa María del Soto. Cierto es que, como sus predecesoras de Madrona y Nava de Riofrío, tampoco en su estructura el tiempo ha sido su peor enemigo, aunque los hombres, quizás por algún tipo de milagroso remilgo, no hayan sido tampoco, después de todo, tan insensibles como en otros lugares, si bien parece evidente que de haber sido más cuidadosos a la hora de conservar los elementos ornamentales, sobre todo referidos al ámbito de metopas y canecillos, el mensaje simbólico hubiera resultado, sin duda, muy interesante y enriquecedor. Tampoco la favorecen, en absoluto, las antenas que se aprecian en el tejadillo de la nave. Una nave, no obstante, que todavía conserva su planta original –ábside o cabecera semi-circular y nave rectangular-, aunque no queda rastro alguno de su torre campanario, si es que alguna vez la tuvo. Posee, así mismo, dos portadas originales: una reducida y bastante simple, orientada a poniente y la portada principal, situada en el lado sur. Ésta muestra elementos de interés, si bien algunos de ellos se observan demasiado nuevos, de novísima creación aunque posiblemente manteniendo el detalle original, como demuestra, entre otros, el motivo de la cigüeña peleando con la serpiente, en un diseño muy frecuente entre la simbólica del denominado románico del Pirón. Los motivos de los capiteles, sobre cuyas bases se sustentan las arquivoltas, apenas pueden ser identificados, si bien el de la izquierda parece mostrar algo de tipo serpentino. Interesan, sin embargo, los motivos de las arquivoltas principales, inferior y superior. De la arquivolta inferior, formada por diseños eminentemente foliáceos aunque bien elaborados, sobresale el motivo central: una mano. Una mano diestra, para más señas –la mano derecha de Dios, nunca la izquierda- que, similar a aquélla otra que se puede apreciar también en la portada principal de acceso al santuario sepulvedano de la Virgen de la Peña, mantiene señalando hacia lo alto los dedos pulgar, índice y corazón y cerrados los dedos anular y meñique. Más variados y en algún caso escabrosos –uno al menos, parece mostrar sexo entre animales- los motivos de la arquivolta superior muestran algunos detalles interesantes. No sólo la lucha entre la cigüeña y la serpiente, que parece perder la partida, sino que además hay otro que parece mostrar, así mismo, una escena de lucha desigual entre una serpiente y un cuadrúpedo, tal vez un toro o un león; motivos foliáceos y en algún caso, también antropomorfos.

El ábside, por otra parte, conserva un pequeño ventanal. De que en algún momento debió amenazar ruina o incluso derrumbarse en parte, da testimonio, en la parte superior, el relleno de ladrillos modernos, lo que puede explicar la falta de las metopas y canecillos que se comentaba al principio, que debieron de ser numerosos en origen, y de los que apenas sobreviven, en el lado norte, varios elementos no exentos de interés: un Sello de Salomón y otro motivo conformado por nudos. Sea como sea, y aún con estas lamentables carencias, tenemos en ésta ermita de Santa María del Soto un hermoso ejemplo de templo románico, que merece la pena ver y tener en consideración.

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martes, 31 de mayo de 2016

Nava de Riofrío: iglesia de Santa María


Situada, también, en los aledaños de la Sierra de Guadarrama y circundada por los pinares de Valsaín y la proximidad de los artísticos palacios de La Granja y Riofrío, la iglesia parroquial de Nava de Riofrío, dedicada a la figura de Santa María, si bien reformada prácticamente en su totalidad, oculta, no obstante referido a uno de los escasos restos primigenios sobrevivientes de su original fábrica bizantina, un elemento de excepcional singularidad, que bien merece una visita: su portada principal, orientada al sur. Se trata de una portada curiosa en extremo, cuyas características, parecen diferir, cuando menos, de las propias del románico de la zona, indicando la posibilidad de un taller o de un cantero itinerante que, quizás, comparativamente hablando, se muestre menos hábil en el arte de la escultura, pero que destaca, sin embargo, por el sutil simbolismo que despliega, referido sobre todo al ámbito de los bajorrelieves de la arquivolta superior. Unos bajorrelieves, por otra parte, que parecen sugerir -dada la singular mezcolanza de referencias lunares y solares, situadas a uno y otro lado de lo que parecen ser ciertas alusiones neotestamentarias, como por ejemplo la referencia central a una Natividad, en la que se aprecian detalles de cierta heterodoxia-, la idea no sólo redentora sino también unificadora contenida en la figura de Cristo, cuyo sacrificio habría de aportar, metafóricamente hablando, una especie de tregua a las inmemoriales diferencias concepcionistas entre pueblos de origen ganadero, y por lo tanto patriarcales,  y pueblos agricultores y sedentarios, partidarios del matriarcado y la figura inmemorial de la Diosa, atrayendo, desde una perspectiva misionera a unas comunidades muy apegadas a sus raíces y reacias a abandonar sus antiguas costumbres.

Ésta reflexión, se basa, en primer lugar, en la posición central que ocupa la supuesta Natividad; una posición de privilegio, en la que parecen converger el resto de elementos. Y en segundo lugar, como se ha mencionado, por la presencia de unos detalles que, si bien poco corrientes, contienen aspectos poco o nada ortodoxos en cuanto a la historia que se ha querido transmitir. Según se observa la escena, situados frente a la portada, a la derecha se aprecia a dos parteras asistiendo a una parturienta; una parturienta que, por los gestos de dolor de su rostro –el efecto logrado aquí, tiene una fuerza expresiva notable, no obstante la aparente tosquedad de la talla- y la fuerza con la que se aferra a la mano que una de las parteras –probablemente Santa Ana- mantiene sobre su vientre, indica las contracciones y la inminencia del alumbramiento. A la izquierda, y junto a un árbol, un personaje de cierta edad dormita. La referencia a San José, parece clara. No obstante, y he aquí lo curioso, hay un detalle que llama poderosamente la atención. Según el Nueva Testamento –por ejemplo, Mateo-, en sueños, a un intranquilo San José, que tiene poco o nada claro un hecho tan inusual como un embarazo en el que él no ha participado y sobre el que humanamente se reconcome en relación a cómo actuar, un ángel se le aparece para decirle que no tema nada, que tome a María como esposa porque lo que ésta lleva en su vientre ha sido engendrado por el Espíritu Santo. Lo espeluznante de la escena, es que en lo más alto del árbol, en lugar del ángel, el cantero talló la figura de un perro o de un lobo, símbolo no sólo representativo de algunas hermandades compañeriles asociadas, entre otros, al Camino de Santiago, sino también, animales asociados con la luna, símbolo que, ¿casualmente?, se localiza en la dirección de su mirada y representativo, además, de la Diosa

Pero aunque fascinante –se comparta o no ésta apreciación-, no son sólo éstos los detalles, digamos poco corrientes o inusuales, que el anónimo cantero dejó de manifiesto –me pregunto, cuántos más no se habrán perdido con el resto de la iglesia original-, sino que, por el contrario, abundan, y aunque no es mi intención señalarlos uno a uno en la presente entrada –animo a que cada uno trate de descubrirlos por sí mismo, sin temor a compartir lo que puedan sugerirle, por muy heterodoxo que pueda parecerle-, sí señalaré al menos alguno: el toque exótico proporcionado por las aves –quizás papagayos-, del capitel de la derecha; el símbolo representativo de un triple recinto celta con un compás; el ouroboros o ese corazón, atravesado por dos flechas con un símbolo perfecto, el triángulo en la parte superior.

En definitiva: la iglesia de Santa María de Navas de Riofrío, no sólo se sitúa en un paraje espectacular en el que merece la pena dejarse evadir por el hechizo de la naturaleza, sino que, además, proporciona todo un misterio asociado con el fascinante mundo del arte, los canteros medievales y los enigmas del Cristianismo.

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