lunes, 15 de octubre de 2012

Próxima parada: la Festividad de San Frutos


El próximo día 25 del presente mes de octubre, tendrá lugar en la provincia de Segovia, la tradicional festividad en honor de su Santo Patrón, San Frutos. Una festividad que, en la correspondiente romería, es de preveer que congregará a una enfervorecida multitud de personas, que acuden  a este denominado desierto del Duratón y a las ruinas de su antiguo priorato, con la mente abierta y la fe puesta en las virtudes telúricasy terapéuticas del lugar, para perpetuar un curioso ritual, cuya memoria es obvio que se ha perdido en las oscuras páginas de la Historia, pero no en ese digno almanaque puntual que es la sabiduría popular. Una festividad con cierto tufillo heterodoxo y a la vez templario, que rinde culto y homenaje, también, a las cabezas de los hermanos del Patrón, San Valentín y Santa Engracia.
Allí, pasando a través del pórtico románico de la iglesia -en cuyos capiteles superiores, algunos ven ojos isíacos- accederán a un lugar en el que el mensaje de los capiteles -demasiado bajos, observaran también, como si el suelo los hubiera ido tragando por la base con el transcurrir incansable de los años- les llamará la atención y al lado contrario de esa referencia oriental que son los monos, tal vez se fijen en un curioso personaje que, con un báculo en su mano derecha y un libro abierto en su mano izquierda, les observa impertérrito desde su universo de piedra. Habrá quien piense, y quizás no le falte razón, que se trata de una representación del Magister Muri; es decir, de aquel sabio personaje que supo entender el mensaje divino de peso, medida, equilibrio, proporción y armonía que haría del lugar algo más que un templo: una máquina perfecta, no sólo para alimentar el espíritu, sino también capaz, aprovechando las cualidades telúricas del lugar, como ya he dicho, de sanar, bajo determinadas condiciones, ese otro templo, quizás menos elegante, pero también divino, que es el cuerpo humano. Aunque yo prefiero pensar que, según la leyenda, se trata del propio San Frutos, quien, al pasar la última página del libro, advertirá, fatalmente, del fin del mundo, que no sólo los mayas fueron hábiles calendaristas y profetas.
Pero tal vez, la famosa Piedra que se oculta bajo el retablo de San Frutos, en una sala anexa, sea una pieza descabalada del primigenio engranaje. O quizás, tan sólo se trate de la base de un primitivo altar; o esa piedra angular, común a todo templo, semejante a los lingams de los templos hindúes, que sería la piedra fundacional, aquélla sobre la que se edificará mi iglesia. O, vaya usted a saber, a lo mejor, sólo era el asiento donde se sentaba el Magister para controlar el avance de los trabajos. Lo importante, en el fondo, no radica ya en el qué es, sino lo que el pueblo entiende que es. Y el pueblo, sabio, repito, entiende que la fe y esa piedra, pueden hacer milagros.


El pueblo busca lo que de manera ancestral y tradicional intuye -aún sin saber exactamente por qué-, que le puede ayudar y que la Iglesia y en muchas ocasiones los médicos, al fin y al cabo, no le pueden proporcionar. Lo sabe el abuelo que llega renqueante, con paso cansino y ayudándose de su bastón; sabe, con meridiana claridad -y aquí no interviene para nada, el demonio de la abulia que lleva casualmente este nombre de meridiano- que el pasar tres veces encorvado, con el pecho apoyado en la piedra, no le devolverá la juventud perdida, pero sí presiente que seguramente le aliviará de no pocos achaques. Lo sabe también aquel otro que acude con una enfermedad, a veces incurable, y marcha con una mejoría que a veces raya en lo milagroso.
Me pregunto, cuántos casos de este tipo no habrá, perdidos en el anonimato, ahora que ya las iglesias no admiten, salvo ermitas o santuarios muy puntuales, los tradicionales exvotos de agradecimiento en señal de una curación o mejoría. Lo sabe todo aquél que, abierta la veda por un día, recoge el perejil, aún cargado de rocío, que será un auténtico remedio, de esos de la botica de la abuela. Lo sabían los antiguos, que en lugares como éste elevaban sus templos a Diana...
No ha de resultar extraño, pues, que se observen exhuberantes colas de gente esperando turno para ritualizarse y renovarse, haciendo propio el adagio bíblico de que la fe mueve montañas. 


Por eso, aún adelantándome -y lo hago por motivos personales-, no dejo que pensar, en un momento en que la preocupación me desborda, precisamente en eso: en que la Fe mueve Montañas. Y desde luego, la Esperanza es lo último que se pierde.
Feliz romería y salud para todos.

jueves, 28 de junio de 2012

Una visión romántica de la Cueva de los Siete Altares



'Todo pasa y todo queda,
pero lo nuestro es pasar;
pasar haciendo caminos,
caminos sobre la mar...' (1)

Hay un bosque, y un río y también un promontorio rocoso, en cuyo vientre de piedra la vida se desarrolló en el líquido amniótico de la Historia. Es agosto, pero en el fondo, la estación apenas importa. No hace mucho que el sol ha despuntado, unas horas después del canto vespertino de los gallos, ese toque de diana rústico e imperativo, que pone en movimiento a los reclutas del corral y hace infelices a los soñadores, que sienten que sus deseos, atrapados en ese cuerno de marfil clásico por el que, según los antiguos griegos, surgen los sueños, escapan por la ventana abierta, arrastrados por la brisa como motitas de polvo encaminándose desesperadas hacia el corazón de una galaxia llamada Nada.
A lo lejos, en aquella parte donde el río Duratón forma también arcos de ballesta, como diría Maese Machado, las sombras se niegan a retirarse, ocupando, con espartana determinación, barricadas de silencio. Cualquiera diría que es el mismo silencio de los santos eremitas que un día ocuparon hasta el último recodo de esa cueva o vientre natural, femenino y acogedor, para renacer, con espiritualidad sietemesina, a una nueva vida de sacrificio y sabiduría.

Por el contrario, en ésta otra parte, donde nuestros pasos provocan lamentos borincanos en las hojas secas, desahuciadas de sus ramas, los rayos de ese mismo sol –egipcíaco, atónico y triunfante- dibujan fantasmas sobre los claroscuros del suelo y luego surfean la superficie del río, vestidos con trajes de guirnaldas y lentejuelas, cual bicetiples de bombo y cabaret. La corriente, irremisible imán de ese río de la vida, apunta siempre hacia el polo magnético del mar, como si recordara su nobleza antediluviana. Quizás alguien más se pregunte si las gotas que arrastra, cual diminutas almas, atraviesan ese túnel blanco, después del tránsito final, para deshacerse en la espuma del Nirvana.


(1) Antonio Machado.