miércoles, 11 de enero de 2017

Maderuelo


Hubo un tiempo, perdido en esos peculiares arroyos estancados de la Historia, en el que Maderuelo –me pregunto, si el nombre no tendrá una estrecha relación con esa espina sagrada que allá por los siglos XII o XIII, velaban los caballeros templarios en la ermita de la Vera Cruz-, perteneció a esa Soria pura cabeza de Extremadura, situado en la margen izquierda de esa hidra de siete cabezas que, comparativamente hablando, es la carretera general 110, que atravesando el corazón de Ayllón lleva al viajero audaz hacia el antiguo Castromoros o San Esteban de Gormaz o, en su defecto, lo desvía hacia Retortillo de Soria, Montejo y ese nido de águilas y serpientes, de mitos y fábulas, de herculanos y campeadores, que son los troglodíticos vestigios de Tiermes o Termancia. Claro que, también, a pocos kilómetros, poco más de media docena, le tienta a desembocar en ese otro pueblo, con fama de frío, de templario y también de cidiano por esa curiosa historia que se cuenta en relación al episodio de las hijas del Cid con los infantes de Carrión, que es Castillejo de Robledo, donde una vez dejado atrás y en otra media docena de kilómetros más allá de sus montes, el viajero andarín y curioso traspasa las lindes de una nueva comunidad, la burgalesa –ancha, que no poco lo es Castilla-, teniendo a mano lugares tan curiosos como Fuentespina –otra vez esa persistente espinita, que aunque se clave en el corazón, no es precisamente a la que le cantaba Albert Hammond-, población ésta, de la que parte una senda que conduce a la curiosa ermita del Padre Eterno, que a su vez comparte protagonismo con los vecinos de Estebanvela, población de la que dista, aproximadamente, tres kilómetros-, Fuentelcésped y Aranda de Duero, hablando de una comarca cuya Ribera –aquí hemos de utilizar, condición sine qua non, palabras mayores- tiene fama merecida de exportar un soma sagrado –conocido en la vulgata populatis como vino- que por regla general suele presentarse por sí mismo en el paladar como el abrazo fraternal de un viejo amigo.

Tiempo después de apagadas las hogueras de la Inquisición y llevadas por el viento las cenizas de los desafortunados caballeros templarios y posiblemente también las respuestas a las muchas preguntas que sobre ellos y su presencia dejaron, otros personajes, más o menos relacionados, dejaron también su impronta o cuando menos, aportaron su granito de arena, y por supuesto, su leyenda. Tal es el caso del condestable D. Álvaro de Luna, el mapa de cuyo tesoro, pretendidamente oculto en algún agujero milagrosamente oculto todavía –como esa misteriosa y ambigua tercera colina de Medinaceli, donde cuenta la leyenda que fue enterrado Almanzor, con un lujo parecido a la también inencontrable tumba de Alejandro, aunque últimamente sobre ésta, alguna campanilla suena- de este hermoso lugar, que todavía conserva buena parte de su atractivo medieval, las hordas de turistas creen intuir en los numerosos restos –en su mayoría, románicos, incluidas las numerosas laudas y estelas sepulcrales, donde sin necesidad del ojo del buen cubero, se vislumbra alguna que otra cruz paté, que no de foie-,  un imaginario mapa, cuya equis quizá se encuentre en el centro de ese accidente artificial –digno representante de esa desafortunada España de secano, donde las tormentas solían descargar siempre lejos-, que a punto estuvo de privar al mundo de la pequeña Capilla Sixtina, que en tiempos fue la primorosa ermita de la Vera Cruz: el pantano de Linares. Sin embargo, sí que hay un pequeño enigma en el ábside de la iglesia de Santa María: una pequeña hornacina –si a ese hueco cuadriculado se le puede denominar tal-, que contiene una cruz y una calavera de piedra con una inscripción que reza así: P.M.B. REQUESCANT IN PACE, AÑO DE 1865.

Es difícil no preguntarse, siquiera por acicatar –que no acicutar- con un poco más de pimienta el sentido de la aventura, si en el fondo, Maderuelo no ha de resultar, después de todo, un pequeño y enigmático Rennes-le-Chateau español.

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