domingo, 23 de noviembre de 2014

El Priorato de San Frutos


Sin duda, Segovia es una comunidad de contrastes; una tierra singular, donde Arte, Historia, Tradición, Naturaleza, Misterio y Leyenda, forman, aglutinados o por separado, uno de los más brillantes conjuntos culturales de esta, nuestra arcana Hesperia. De la Villa y Tierra de Sepúlveda -cuyo Fuero todavía se conserva como un auténtico tesoro, en la cripta de la iglesia de los Santos Justo y Pastor, hoy día, reconvertida en Museo de Arte Sacro y Oficina de Información-, numerosos son los lugares que visitar -dentro o fuera de sus murallas- y de los que hablar; pero de todos ellos destacan, no sólo por cercanía sino también por su singularidad, por su legendaria soledad y por su belleza extrema, las Hoces del Río Duratón. Sería imperdonable realizar una visita, más o meno prolongada a Sepúlveda, y no comenzar, siquiera a modo de introducción, hablado de tan paradigmático lugar.

Es allí, aproximadamente en mitad de las hoces, donde éstas forman no uno, sino varios arcos de ballesta -como diría el poeta, refiriéndose al Duero a su paso por otra comunidad hermana, como es la soriana-, guardadas las paredes de sus farallones por formidables colonias de aves rapaces -buitres leonados, en su mayoría-, donde se eleva una memorable ruina que, sin embargo, cada 25 de octubre, atrae en masa a vecinos de los pueblos de alrededor y a visitantes de otras comunidades, en una romería que se mantiene vigente desde tiempo inmemorial: el Priorato de San Frutos. Su historia, si bien no difiere en demasía de la historia ortodoxa de la práctica totalidad de los cenobios nacionales desde su fundación -generalmente a partir del siglo XI- hasta la famosa Desamortización de Mendizábal, mantiene, no obstante, la magia temporal de sus enigmáticos orígenes y de los primeros moradores que, buscando a Dios -aunque, en realidad, huyendo de un mundo que se debatía entre lo estertores de una invasión que ponía punto y final a un mundo antiguo, el visigodo, para someterse a los designios de un mundo nuevo, el musulmán-, se retiraron a este bien denominado Desierto del Duratón, siendo los precursores de las futuras comunidades monásticas, como ocurrió en otros muchos lugares de la Hispania conquistada. El más famoso de los que ocuparon las concavidades de la tierra en este fabuloso lugar, fue San Frutos. Un personaje, cuya vida se debate a lomos de la historia y la leyenda y que, ya en su nombre, ofrece cierta concomitancia con los antiguos cultos a la fertilidad, en un lugar en el que éstos pudieron muy bien haber sido aplicados por las comunidades celtíberas que moraron en sus parajes siglos antes.
Las ruinas del Priorato de San Frutos, como también las ruinas del cercano monasterio de Nuestra Señora de los Ángeles, son testigos mudos de una historia misteriosa y perdida. Una historia que duerme su sueño eterno, lejos de la mundanal banalidad de un mundo que ocasionalmente quiere penetrar en ella y la contempla con nostálgica conmiseración. Adentrarse, pues, en estas ruinas románticas, puede resultar algo más que una aventura: una fascinante ensoñación. Alcanzar y atisbar desde esas ventanas abiertas a la luz infinita de las estrellas, puede, a la vez, ser un ejercicio de regresión al pasado; una historia personal interactiva, donde cada uno ha de buscar las claves de unos enigmas que, aún dormidos, todavía están ahí, reclamando una atención y una comprensión, que sólo han de llegar, dejándose llevar; convirtiéndose en rehén voluntario de un entorno que, a pesar de lo aparente, todavía tiene mucha vida y desde luego, muchas cosas que contar.

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