miércoles, 10 de agosto de 2016

La iglesia de San Miguel de Ayllón


Situada en plena Plaza Mayor, la iglesia de San Miguel, uno de los escasos ejemplos, más o menos sobrevivientes, de ese brillante arte bizantino que en el pasado dotó de importancia y esplendor a la antigua y señorial villa de Ayllón, aunque muy alterada en su estructura original, conserva, todavía, algunos detalles de interés, sobre los que centrar, siquiera de una manera breve, la atención. Si bien, su portada original está incompleta, al menos en cuanto a capiteles se refiere, aunque conserva dos de ellos; los motivos escultóricos que se observan en los arcosolios, conllevan un interesante simbolismo: nudos, motivos ondulantes, como las aguas primigenias o las aguas del bautismo, bolas, el ajedrezado del denominado tipo jaqués, flores de ocho pétalos, etc., siendo aves y leones afrontados los motivos que, más o menos alterados, completan la imaginería de los capiteles sobrevivientes. El ábside o cabecera, por otra parte, conserva también, en la escultura y temática de sus canecillos, parte de esos sugerentes arquetipos, que hicieron de este arte un compendio especial para la interpretación y un pequeño espejo, metafóricamente hablando, donde contemplar detalles antropológicos y hermenéuticos, que con paso firme o por el contrario renqueante, nos acercan, de cualquier manera a los modos de pensar, de vivir y de actuar de toda una época que, posiblemente hoy en día, se nos antoje, cuando menos, fascinante. Como las águilas que forman parte de los símbolos que acompañan a dos de los arcanos mayores de esa sublime enciclopedia psicológica que en el fondo son las cartas del Tarot, el Emperador y la Emperatriz, una de las esculturas de un pequeño capitel situado en uno de los ventanales del ábside, nos muestra un águila bicéfala, cuyas cabezas, como el primitivo símbolo de los peces utilizado por los primeros cristianos, miran hacia los polos y parecen querer llamar nuestra atención hacían dos aspectos o dos cuestiones muy concretas: lo temporal y lo espiritual.

De una y otra materia, probablemente, sea la esencia granítica que acompaña, algunos metros más arriba, a la variada serie de canecillos y temáticas: al mundo temporal, y no obstante, en su pensamiento y en su esfuerzo seguramente brillaba la idea de la perdurabilidad, un cantero nos muestra, pico en mano, el laborioso camino, no siempre grato, que ha de emprenderse hasta conseguir el pulido adecuado, en una moraleja donde la piedra, como el ser humano, ha de desprenderse de toda mácula hasta conseguir el estado ideal. Los músicos, ya sea solos o acompañados, nos conectan con ese mundo del inconsciente donde todavía habitan las musas y donde la Diosa continúa agazapada, tal vez protegida por ese centauro-sagitario que mantiene su arco dirigido hacia aquéllos milites que, una vez desprovistos de sus capas, se entregan al noble arte de la lucha, mientras entre unos y otros, los motivos foliáceos o vegetales nos invitan a contemplar la vida desde una perspectiva cíclica, donde muerte y renacimiento no dejan de ser, al fin y al cabo, diferentes caras de una misma moneda.

Esto, podría decirse que es, en resumidas cuentas, parte de esa ensoñación a la que nos invita la contemplación de este templo de San Miguel, no ajena, desde luego, a cualquier otra de su misma época y estilo.

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