viernes, 28 de noviembre de 2014

Sepúlveda: iglesia de los Santos Justo y Pastor


Comentaba Mario Roso de Luna -gran teósofo y escritor español, nacido en Logrosán, provincia de Badajoz-, en uno de sus más apasionantes relatos metafísicos -La Demanda del Santo Grial (1)-, que en Sepúlveda, el ocultismo y la magia tradicional son tales, que se mascan en el ambiente. Con esta afirmación, venía a sugerir, a grosso modo, que Sepúlveda, como Toledo, Salamanca, Calatayud y otras puntuales urbes de la vieja Hesperia, eran ciudades particularmente animadas por el antiquísimo espíritu de la Tradición y donde Sophia, esa Doncella Sapiente a la que se arrimaban sin descanso los gnósticos, tenía uno de sus tronos establecidos, entendiendo tal metáfora como lugar de fusión y pervivencia de las tres grandes culturas y escuelas de la Edad Media: la cristiana, la judía y la musulmana.
 
Aun teniendo en cuenta la labor zapadora de sus más terribles enemigos -el tiempo y la voracidad de los propios hombres-, quedan en Sepúlveda, no obstante, los suficientes vestigios histórico-artísticos, mistéricos y culturales, como para conseguir que una visita, más o menos prolongada, se convierta, al fin y al cabo y por su propia inercia, en una memorable aventura. Esta aventura, como se sugiere en la presente entrada, podría comenzar, perfectamente, por la visita a uno de sus templos más antiguos, después, claro está, del Salvador: la iglesia de los Santos Justo y Pastor.
 
Reconvertida en Oficina de Turismo y a la vez en Museo de Arte Sacro, basta un simple vistazo a los primitivos vestigios originales que todavía conserva, para hacerse una idea de la importancia que esta Villa tuvo en tiempos del legendario primer conde de Castilla -Fernán González- y de los excelentes talleres canteros y artesanos que en ella se instalaron, después de los ríos de sangre que costó tomarla. Si bien exteriormente está bastante modificada e incluso uno de sus tres ábsides no se aprecia, pues está afectado y oculto por un edificio moderno, en el interior, tanto el ábside principal, como los auxiliares -que conformarían las consabidas capillas de la Epístola y del Evangelio-, conservan, en sus capiteles, una magnífica muestra de la imaginería medieval, entre cuyas escenas cabe señalar la llamada de atención hacia un mito -el de la Adoración de los Magos-, que pareció ocupar un lugar preeminente en las temáticas románicas. Tampoco faltan, evidentemente, esas alusiones a los vicios y pecados, que solían ser representadas, generalmente, como bestias grotescas e incluso mitológicas -sirenas, arpías o centauros-, sin olvidar, por supuesto, el gran abanico de motivos foliáceos, entre los que, a poco que nos fijemos y con una persistencia bastante más que suspicaz, el cantero nos recordaba, al representar entre ésta a los denominados hombres-verdes, que, después de todo, los viejos cultos celtas todavía estaban muy presentes en la mentalidad medieval popular. Pero no sólo la parte superviviente de esta joya románica -incluida su magnífica cripta, donde se localiza una imagen mariana, anónima del siglo XIII, cuya composición, recuerda las magníficas esculturas dedicadas a la figura de Nuestra Señora que tanto proliferan o proliferaron en los monasterios cistercienses y la versión extensa, fechada en 1305 del famoso Fuero de Sepúlveda- ha de llamar especialmente la atención, sino que además, la excelente colección artística que alberga, ha de servirnos, a la vez, de guía inestimable para determinar su procedencia y sugerirnos un pequeño breviario socio-antropológico sobre las devociones de los antiguos sepulvedanos y cuáles podrían haber sido, en el pasado, los templos que podrían considerarse -hipotéticamente hablando, por supuesto- desde un punto de vista dotado de cierta heterodoxia. Quizás de todas ellas, sobresalga la imaginería sacra que en su día perteneció a la vecina iglesia de San Bartolomé, situada en las inmediaciones de la Plaza Mayor y el Ayuntamiento, entre las que destacan, no sólo la advocación de este supuesto evangelizador de la India, que conlleva numerosas acepciones de carácter esotérico, sino también la presencia de santos complementarios, no menos relevantes y esotéricos como él mismo, como son una magnífica escultura en madera policromada del siglo XIII, representando a San Gil, otra gótica de San Roque, vestido de peregrino y una tercera de San Antón, del siglo XVII y posterior a ambas, sin olvidar, por supuesto, una interesante imagen mariana y gótica, que seguramente debió de ocupar, en su momento, el Retablo Mayor y gozar de buena fama milagrera: la Virgen de San Frutos. O esa otra, anónima, algo deteriorada, de unos treinta o cuarenta centímetros de altura -medidas que parecían corresponder con las antiguas imágenes de vírgenes negras que tanto proliferaron en nuestros santuarios-, procedente de la ermita de San Frutos.
 
Titulares de esta antigua parroquial de los Santos Justo y Pastor, merece mencionarse, por su elaboración y belleza, una imagen de Santiago Peregrino, una Inmaculada Concepción y dos interesantes imágenes del Arcángel San Miguel, aparte de los genuinos objetos de culto, cruces procesionales -una de ellas, procedente del vecino santuario de una virgen negra, la Virgen de la Peña-, cálices y una pequeña pero notable colección de manuscritos antiguos. Además de todos estos detalles, la visita no sería completa si nos marcháramos sin observar, siquiera por su singularidad, las magníficas series de canecillos de los ábsides, donde aparte de monstruos grotescos, individuos burlones, grifos, arpías y motivos vegetales, destaca, por su belleza y sus connotaciones paganas, el ave asociada tradicionalmente con la antigua diosa Afrodita: la lechuza.
 
 
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(1) Mario Roso de Luna: 'El Árbol de las Hespérides', Editorial Pueyo, Madrid, 1923.

domingo, 23 de noviembre de 2014

El Priorato de San Frutos


Sin duda, Segovia es una comunidad de contrastes; una tierra singular, donde Arte, Historia, Tradición, Naturaleza, Misterio y Leyenda, forman, aglutinados o por separado, uno de los más brillantes conjuntos culturales de esta, nuestra arcana Hesperia. De la Villa y Tierra de Sepúlveda -cuyo Fuero todavía se conserva como un auténtico tesoro, en la cripta de la iglesia de los Santos Justo y Pastor, hoy día, reconvertida en Museo de Arte Sacro y Oficina de Información-, numerosos son los lugares que visitar -dentro o fuera de sus murallas- y de los que hablar; pero de todos ellos destacan, no sólo por cercanía sino también por su singularidad, por su legendaria soledad y por su belleza extrema, las Hoces del Río Duratón. Sería imperdonable realizar una visita, más o meno prolongada a Sepúlveda, y no comenzar, siquiera a modo de introducción, hablado de tan paradigmático lugar.

Es allí, aproximadamente en mitad de las hoces, donde éstas forman no uno, sino varios arcos de ballesta -como diría el poeta, refiriéndose al Duero a su paso por otra comunidad hermana, como es la soriana-, guardadas las paredes de sus farallones por formidables colonias de aves rapaces -buitres leonados, en su mayoría-, donde se eleva una memorable ruina que, sin embargo, cada 25 de octubre, atrae en masa a vecinos de los pueblos de alrededor y a visitantes de otras comunidades, en una romería que se mantiene vigente desde tiempo inmemorial: el Priorato de San Frutos. Su historia, si bien no difiere en demasía de la historia ortodoxa de la práctica totalidad de los cenobios nacionales desde su fundación -generalmente a partir del siglo XI- hasta la famosa Desamortización de Mendizábal, mantiene, no obstante, la magia temporal de sus enigmáticos orígenes y de los primeros moradores que, buscando a Dios -aunque, en realidad, huyendo de un mundo que se debatía entre lo estertores de una invasión que ponía punto y final a un mundo antiguo, el visigodo, para someterse a los designios de un mundo nuevo, el musulmán-, se retiraron a este bien denominado Desierto del Duratón, siendo los precursores de las futuras comunidades monásticas, como ocurrió en otros muchos lugares de la Hispania conquistada. El más famoso de los que ocuparon las concavidades de la tierra en este fabuloso lugar, fue San Frutos. Un personaje, cuya vida se debate a lomos de la historia y la leyenda y que, ya en su nombre, ofrece cierta concomitancia con los antiguos cultos a la fertilidad, en un lugar en el que éstos pudieron muy bien haber sido aplicados por las comunidades celtíberas que moraron en sus parajes siglos antes.
Las ruinas del Priorato de San Frutos, como también las ruinas del cercano monasterio de Nuestra Señora de los Ángeles, son testigos mudos de una historia misteriosa y perdida. Una historia que duerme su sueño eterno, lejos de la mundanal banalidad de un mundo que ocasionalmente quiere penetrar en ella y la contempla con nostálgica conmiseración. Adentrarse, pues, en estas ruinas románticas, puede resultar algo más que una aventura: una fascinante ensoñación. Alcanzar y atisbar desde esas ventanas abiertas a la luz infinita de las estrellas, puede, a la vez, ser un ejercicio de regresión al pasado; una historia personal interactiva, donde cada uno ha de buscar las claves de unos enigmas que, aún dormidos, todavía están ahí, reclamando una atención y una comprensión, que sólo han de llegar, dejándose llevar; convirtiéndose en rehén voluntario de un entorno que, a pesar de lo aparente, todavía tiene mucha vida y desde luego, muchas cosas que contar.

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