jueves, 28 de junio de 2012

Una visión romántica de la Cueva de los Siete Altares



'Todo pasa y todo queda,
pero lo nuestro es pasar;
pasar haciendo caminos,
caminos sobre la mar...' (1)

Hay un bosque, y un río y también un promontorio rocoso, en cuyo vientre de piedra la vida se desarrolló en el líquido amniótico de la Historia. Es agosto, pero en el fondo, la estación apenas importa. No hace mucho que el sol ha despuntado, unas horas después del canto vespertino de los gallos, ese toque de diana rústico e imperativo, que pone en movimiento a los reclutas del corral y hace infelices a los soñadores, que sienten que sus deseos, atrapados en ese cuerno de marfil clásico por el que, según los antiguos griegos, surgen los sueños, escapan por la ventana abierta, arrastrados por la brisa como motitas de polvo encaminándose desesperadas hacia el corazón de una galaxia llamada Nada.
A lo lejos, en aquella parte donde el río Duratón forma también arcos de ballesta, como diría Maese Machado, las sombras se niegan a retirarse, ocupando, con espartana determinación, barricadas de silencio. Cualquiera diría que es el mismo silencio de los santos eremitas que un día ocuparon hasta el último recodo de esa cueva o vientre natural, femenino y acogedor, para renacer, con espiritualidad sietemesina, a una nueva vida de sacrificio y sabiduría.

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Por el contrario, en ésta otra parte, donde nuestros pasos provocan lamentos borincanos en las hojas secas, desahuciadas de sus ramas, los rayos de ese mismo sol –egipcíaco, atónico y triunfante- dibujan fantasmas sobre los claroscuros del suelo y luego surfean la superficie del río, vestidos con trajes de guirnaldas y lentejuelas, cual bicetiples de bombo y cabaret. La corriente, irremisible imán de ese río de la vida, apunta siempre hacia el polo magnético del mar, como si recordara su nobleza antediluviana. Quizás alguien más se pregunte si las gotas que arrastra, cual diminutas almas, atraviesan ese túnel blanco, después del tránsito final, para deshacerse en la espuma del Nirvana.

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(1) Antonio Machado.